Belén: El nacimiento de la belleza catamarqueña

Un lugar para conocer de donde venimos y hacia donde vamos

Cuando uno escucha hablar de la ciudad de Belén, siembre se le viene a la cabeza, a Sagrada familia, el nacimiento de Jesucristo y de la religión católica. En Catamarca hay una ciudad homónima, que además es cabecera de un departamento con el mismo nombre. O es casualidad, en esa extensión de tierras también hubo un nacimiento importante, allí vio la luz la provincia de Catamarca. Fue Londrés, a 11 kilómetros de la cabecera departamental, la primera ciudad fundada por los españoles.

La ciudad de Belén es un lugar maravilloso, silencio por las noches, un sol que nunca se agota durante el día. Es cuna de sitios arqueológicos, sorprendente y antiquísimos museos, entre otras cosas que nadie imagina. Pero, sino lugar a dudas, son sus paisajes las vedettes de la región. Las montañas marcándole un límite al cielo. Un valle que se extiende hasta donde alcanza la vista, son parte de una postal que jamás podrá y mucho menos querrá quitar de su memoria. Belén es el génesis de la belleza catamarqueña.    

Cómo esta es una columna de turismo y no todo se agota en el paisaje, voy a tomarme el trabajo de hacer una breve selección de las decenas de lugares que podría visitar desde la encantadora ciudad catamarqueña. Sin dudas el Santuario de Nuestra Señora de Belén, es una visita obligada. Tiene más de 110 años y no sólo el templo es un lugar hermos construido con materiales típicos de la zona, sino  se encuentran las imágenes de la Virgen de Belén y El Señor de los Milagros.

Los santos patronos del lugar son un personaje sobresaliente del lugar, cada 6 de enero convocan a miles de fieles y otros tantos curiosos a las festividades en su honor. Otro de los atractivos del pueblo es, sin dudas, el museo sacro ubicado a la par del templo. Este museo tiene la particularidad de que se exhiben imágenes y elementos litúrgicos propios del Santuario desde la fecha misma de su fundación, además de algunos donados por la comunidad. El museo permanece así, inalterable hace más de 110 años, literalmente, detenido en el tiempo.

Pero si quiere salir del pueblo catamarqueño, a sólo 15 kilómetros encontrará las celebérrimas Ruinas del Shinkal. Puede considerar un museo arqueológico al aire libre. Tiene más de 30 hectáreas, donde se ven parcialmente reconstruidos numerosos recintos, escalinatas y senderos que forman parte de un populoso centro urbano habitado desde los siglos XV y XVI, construido y habitado por los Incas entre 1.470 y 1.536.

Enmarcado por un extraordinario entorno natural comprende más de un centenar de recintos agrupados en edificios monumentales. Tiene dos plataformas construidas en sendas lomadas a cada lado de la plaza las que se utilizaban como mirador y para el culto a sus dioses. Desde allí el turista podrá impactarse con la panorámica y construcciones como la “Kallanca”, galpón hecho de piedra, del que se conservan las pircas perimetrales y sus puertas trapezoides y que funcionaba como taller y depósito. El “Ushnu”, trono de forma cuadrangular con una escalinata de piedra, la plaza y el “Sinchihuasi”, habitaciones en hilera.

Sin dudas la frutilla del postre es la Laguna Blanca. Si usted como yo, está habituado a las ruidosas ciudades, con seguridad no ha tenido la oportunidad de ver a la naturalieza manifestarse en todo su explendor. Esta laguna, a pocos kilómetros de Belén es el lugar ideal. Allí las vicuñas, un animal similar a la llama que está en peligro de extinción corre libre, sin la intervención humana, lo mismo ocurre con los ñandús y la menos tres especies de flamencos. Como si esto fuera poco Laguna Blanca posee un gran valor arqueológico e histórico, ya que se han detectado numerosos sitios de arte rupestre, especialmente grabados y petroglifos en sitios de peña y cavernas correspondientes a las culturas preincaicas.

No lo dude, vaya a Belén, donde verá nacer su espíritu aventurero.