Cirque du Solei: el espectáculo que enlaza culturas a través del arte

Quien se acerque a la tarima del Cirque du Solei notará, casi de inmediato, la variedad de idiomas que hay sobre ella. Ruso, inglés, chino, portugués. Se puede desplegar un mapa, señalar un punto, y probablemente de ese lugar del mundo también haya alguien vinculada a la compañía circense más importante del mundo. Desde este sábado, a pleno con shows en Buenos Aires.

Sin embargo, este equipo no acaba de llegar a la ciudad. Desde hace semanas están acá, entrenando en distintos lugares, preparándose para el espectáculo “Ovo”, un clásico de la oferta de la compañía que recrea un universo de insectos cargados con diferentes valores humanos y, sobre todo, acrobacia y trabajo físico.

Durante el mediodía porteño, mientras se alistan detalles finales para la jornada inaugural, los artistas hacen el último chequeo. Ensayan, sí, pero, según explican, también se reconocen en el espacio, advierten las luces, se ubican en una atmósfera que luce vacía (salvo por técnicos y prensa). Sin embargo, en cuestión de horas, estará repleta de gente expectante, de personas que vienen a ver algo más que un show; llegan a observar un patrimonio artístico.

También lo es culturalmente. Nicolás Chabot, uno de los hombres clave de la organización, explica que este espectáculo es como la Organización de Naciones Unidas (ONU). Y detalla que lo conforman alrededor de 100 personas. En el plano artístico, son 25 artistas de 14 países distintos. Los acompañan fisioterapeutas, músicos (que tocan en vivo), vestuaristas, técnicos, y hasta lavadoras para sus prendas. La ONU.

Es Kilian Mongey, quien acompaña desde hace tres años al equipo, quien explica que tantas nacionales confluyen en un mismo idioma: el inglés. “Toda la gente que forma parte de la compañía es muy feliz de estar acá. Para todos, en el escenario, es pasión. Por eso es fácil estar bien entre todos los miembros del equipo”. Él es uno de los grillos que hace mortales y otro puñado de acrobacias en uno de los tramos más espectaculares.

Uno de los perfiles más curiosos es el de Ariunsanaa Bata. Ella es mongola, pero se crio en Brasil en una familia de padres circenses. “Empecé a entrenar a los 7 años. Mi abuela era circense, mi padre, y a mí me gustaba también. Desde chica tenía una pasión muy grande por el circo. Desde niña quería ser contorcionista”. Y acá está, presentándose en Buenos Aires.

Donde ella creció, nació Martín Alvez, un brasileño que también es parte de la propuesta, como una mariposa. Él vivió durante un tiempo en Buenos Aires, para volver a su país natal y enrolarse eventualmente en el Cirque, donde trabaja desde 2001. En esa amplitud cultural que es la compañía, Alvez detalla que cada una “tiene su particularidad. Los chinos, por ejemplo, siempre están juntos, no comparten tanto; los rusos y ucranianos son más abiertos”.

Son ejemplos, y, a partir de ellos, Alvez reflexiona: “Cada uno tiene sus manías, sus formas de ver las cosas, ya que cada uno tuvo una educación y tiene una cultura diferente. Entonces, vas aprendiendo un poco de cada uno; a no juzgar porque ellos lo vean de una manera diferente. Uno se vuelve más tolerante. Entiende un poco más el mundo”.

Ese entendimiento, en esa confesión del artista Martín Alvez, se descubre parte del legado de la compañía, más allá del escenario: fomentar, a través de las artes, la integración entre iguales, aunque su pasaporte los diferencia. Porque, cuando no haya técnicos y las gradas estén llenas de espectadores en Tecnópolis, ninguno preguntará nacionalidad o reparará en su idioma: aplaudirán su forma de expresión artística, al Cirque du Soleil.