Grandes películas para el finde, desde un documental sobre la cumbia a una gema de ciencia ficción

Por un lado, «The vast of night», un film ambientado en los cincuenta que no deja de sorprender. Por el otro, un viaje antropológico lleno de testimonios y ritmos para analizar a uno de los géneros musicales más populares .

The Vast of Night

Una de las sorpresas de este año rarísimo es una ópera prima que parece plagada de paradojas. Ambiciosa pero indie, de ciencia ficción pero con bajo presupuesto, que hace mucho con lo que parece poco y da la sensación de avanzar en primera, pero va a mil. The Vast of Night, que puede verse en el servicio de Amazon Prime Video, cuenta una historia en impostado tiempo real, la noche vasta del título, en la que el pequeño pueblo de Cayuga, en Nuevo México, parece haberse metido todo en el estadio donde va a jugarse un partido de básquet que enfrenta a los locales con rivales visitantes. Es un evento tan importante que todos están ahí, las familias completas, menos los dos protagonistas, que esa noche trabajan: Everett (Jake Horowitz), a cargo de la emisora local, y la adolescente Fay (Sierra McCormick), que atiende la centralita telefónica en horario nocturno.

Estamos en los años cincuenta, en una localidad chica donde se conocen todos. La excitación del gran evento es la gran noticia, según el Paradox Theatre, un programa emitido por una pantalla de TV blanco y negro, «de tubo», por en que «entramos» a la acción. Un guiño a La dimensión desconocida, a las series del género de los sesenta o, mejor, a su universo. Pero lo vintage no es acá, por suerte, una especie de código de nostalgia cool, sino pura coherencia con el tiempo y lugar de lo que se cuenta.

El director Andrew Patterson, y su DF, el chileno Miguel Littin Menz, hijo del cineasta Miguel Littin, hacen gala de sus capacidades desde el minuto uno, con un plano secuencia, el primero de varios, que sigue a Everett a través del estadio y luego, junto a Fay, atravesando el pueblo hacia su puesto de trabajo. Basta con verlos así, en acción, para conocerlos. Él es un joven arrogante y canchero, requerido para todo tipo de consultas, admirado por las chicas pero que va a lo suyo. Carga un grabador de voz, que es toda una novedad y con el que Fay, que es su amiga, aunque más chica, prueba sus primeras entrevistas a los vecinos. Ella es una adolescente curiosa, inteligente, interesada en los desarrollos tecnológicos de los que se habla para un futuro, y en convertirse acaso, como Everett, su especie de mentor, en periodista radial. Hay en ese primer tramo un tono simpático y chispeante, como el entusiasmo verborrágico de sus protagonistas, que cambiará, para asombro nuestro y de ellos.

Habrá unos ruidos extraños en una llamada telefónica que ella conecta esa noche. Y un oyente contará al aire una historia intrigante que puede explicar de qué se trata. En plena época de teorías conspirativas sobre visitas de seres de otro planeta, área 51, Roswell y leyendas de platos voladores. No conviene contar más ni tampoco propone la película un argumento demasiado novedoso en torno de tópicos clásicos de su género. Es sí la forma, la estilización de locaciones y actuaciones, de música y silencios, los planos secuencia asombrosos (hay uno que, de pronto, atraviesa el pueblo a toda velocidad).

Con largas escenas de planos fijos, dedicadas a escuchar el relato de un personaje que no vemos, como en un programa de radio nocturno, de esos con atmósfera, que no se hacen más. Hasta escenas que funden a negro completo durante minutos. Un conjunto (breve, por demás) que hace de The Vast of Night una película que no deja de buscar y sorprender. Que construye personajes entrañables y hasta baja línea política, con un guion de diálogos pulidos. Que recuerda al David Lynch del último Twin Peaks, al Spielberg de Encuentros Cercanos y, claro, al experimento de radial de Orson Welles con La guerra de los mundos. Una película plagada de ideas y de ganas de probar cosas. Como que es posible arriesgar, aún sobre terreno conocido.

Cumbia que te vas de ronda

El valioso documental Cumbia que te vas de ronda, estreno de esta semana en Cine.ar tv, no tiene la culpa del melancólico efecto colateral que provoca, en pandemia, ver a tanta gente bailando sin distancia social. Bajo el verano de Portugal, en la costa atlántica colombiana o en Buenos Aires, esta película colaborativa propone un viaje antropológico lleno de testimonios y ritmos para responder a una pregunta: «¿qué es la cumbia, que provoca esta energía pacífica y alegre, estas ganas de bailar?».

El hilo narrativo, y relato en off, es la historia de Pablo Coronel (guionista, con Analía Bogado, también al saxo, y director), que toca el acordeón en una banda de cumbia y descubre, en una gira por Europa, la universalidad del fenómeno. Músicos, investigadores, especialistas desmenuzan datos de esta historia y sus orígenes. De la cruza africana e indígena, del ritmo autóctono de la costa atlántica colombiana, como expresión de su arte, de una danza ancestral que unía al hombre y la mujer y, así, a las culturas. El mestizaje, que puede rastrearse hasta hoy, pasa desde Cartagena al Tex-mex hasta los barrios de Buenos Aires. Origen: incierto.

El documental tiene a bien intercalar las palabras de los estudiosos con las de los entusiastas, que definen a la cumbia como un estado de enamoramiento, como la felicidad. Y está plagado de personajes entrañables que dan cuenta, por si hiciera falta, de su raigambre popular, como Coco Barcala, el taxista presentado como «el artista más importante de la cumbia argentina».

Hay más de diez países involucrados en este mestizaje de ritmos, de Camboya a Perú, de Argentina o Bolivia a Filipinas. Porque la cumbia forma parte de diferentes culturas. Y el documental permite descubrir, en ese viaje, la sorprendente diversidad de estilos de esa música que damos por sentada. A veces cercana a la música africana, a veces, al ska. Bastante más rica, y compleja, y variada, de lo que creemos conocer. En términos musicales y, por supuesto sociales, aunque sus efectos sean universales. Una película para ver moviendo los pies, para pasarlo bien y, de paso, aprender un montón.